Además de organizadora de La Milonguita y psicoanalista, Graciela H. López es escritora. Sus relatos invitan a conocer aquellas cosas que pasan en el mundo del tango, pero en el mundo actual, el que palpita y vive la gente hoy en Buenos Aires. "Secretos de una Milonguera", su primer libro de cuentos, fue traducido a varios idiomas. Acaba de aparecer una segunda edición ampliada que fue presentada el 10 de diciembre, conjuntamente con una edición en francés.
Su segundo volumen "Mariposas en la pista" contiene cuentos de tango y una "yapa" con artículos de opinión sobre temas siempre candentes para quienes gustan de bailar en las milongas.
Cuento del mes
de Abril
La Mirada
Siempre había sido fiel, hasta que inevitablemente, inauguró ese extraño modo de infidelidad. Y así le volvió la pasión, el regocijo, el buen humor que hacía rato había perdido.
¿Era infidelidad?
La sorprendía y la desbordaba demasiado ese deseo, esas ganas de ser mirada y cortejada. Tal vez quería solo hablar, sentarse a conversar no más.
Pero de sobra sabía ella que no podrían ser amigos. No iban a ser amigos, porque se atraían, porque la mirada de ese hombre la hacía temblar mientras ella bailaba con su esposo.
La seducción se instalaba entre ellos linda y atractiva como el pan caliente, pero sobre todo silenciosa. Nadie tenía que saberlo, como nadie sabía que últimamente ella estaba tristona y apagada.
Hacía tiempo que se sentía fuera de la aventura de erotismo y miradas masculinas, por el solo hecho de ser “la Señora de Martínez”.
En cambio pensaba que su marido se había vuelto atractivo para las otras, que así podían jugar y coquetear sin consecuencias serias.
También sabía que muchas mujeres deseaban estar en su lugar. Es hermoso tener un amor y sentirse feliz al lado de alguien.
_ ¿Acaso no es un buen marido?
_ Claro que sí.
Pero el corazón humano no es muy lineal y está lleno de recovecos imprevistos, de fastidiosas contradicciones, de paspaduras tontas e irritantes.
El corazón humano cambia de forma y de empeños inesperadamente.
Siempre está buscando algo que no hay, se aburre o se agobia, siempre anda agujereando los momentos de felicidad con alguna excusa cualquiera. Ahora, como un aire refrescante, de pronto había empezado ese insólito juego.
Era un juego de reglas tácitas y sobrentendidas. Buscar la mirada de él, el hombre buen mozo de traje marrón, solo para cerciorarse de que allí estaba, mirándola. Entonces se sentía halagada, y recuperaba en su cuerpo esa sensación de deleite de quien se sabe bella y admirada. Recuperaba la exaltación de vivir.
Una mujer repentinamente más hermosa y sensual, solo por una mirada.
¡Pero qué ojos! Ojos callados y rutilantes que hablaban de otras tierras, de lugares extraños y peregrinos. Ojos infinitamente nómades. Ojos de una insinuación temeraria que la hacían turbarse cada vez más.
Si, claro que quería a su esposo y mucho.
Pero el tiempo, como siempre, había provocado estragos sobre aquellas primeras caricias apasionadas y conmovedoras. El tiempo había hecho añicos la sorpresa, el corazón corriendo locamente en cada encuentro. Les había instalado esa exasperante seguridad, también esa comodidad en el espacio y en la vida social.
Total, si alguna vez se enojaban, previsiblemente se iban a encontrar a la noche, en la misma casa, en la misma cama.
Sin darse cuenta, habían armado un plural común para los dos, ese plural que los juntaba y los indiferenciaba al mismo tiempo: “¿Q ué hacen el sábado ?” “¿ Dónde pasan las fiestas ?”
La gente dio en llamarlos “Los Martínez”, así que de un plumazo ella perdió lo femenino de su nombre propio y el apellido de soltera.
Llegaron los Martínez al baile, se sientan como todos los sábados desde hace tiempo, en la mesa cuatro.
Bailar, casi rutinariamente, entre medio de tantas y tantos que se buscan, que tienen anhelos locos, que a veces no tienen con quien estar, que se quieren y están contentos, o que se sienten solos en medio del gentío, o inesperadamente dichosos.
Tango pasional y aventurero versus tango asegurado y tranquilo.
Tango casado versus tango amante.
Tango atado versus tango libre...
_ Mi amor, ¿qué te pasa? ¿No ves que pusieron Pugliese?
Ella dejaba sus pensamientos y bailaba resignada. Los hábitos de él, repetitivos, se le transformaban en obligado ritual.
Hubiera podido negarse y cambiar las cosas, pero prefirió soñar y seguir cobardemente, bailando de ese modo que bien podría llamarse infiel.
Prefirió jugar con la ilusión, la gloria total y portentosa de esa mirada que nunca fallaba y jamás le provocaría hastío.
En cada ronda, al pasar bailando, sentía la mirada insinuante, y eso era justo lo que ella quería.
Ansiaba tener un espectador para renovar su relación, para sentir otra vez el romance, para ponerle pimienta a su vida, unos ojos que miraran y miraran todo el tiempo.
Quería un hombre que no le quitara los ojos de encima, que de solo mirarla la volviera más hembra y más mujer. Un hombre que la deseara sin poder tenerla nunca. Le encantaba cultivar ese deseo íntimo, ese secreto inconfesable.
Jugó a entrar al baile y buscar esos ojos que se irían posando sobre ella despacio, en todos los momentos libres, durante toda la noche.
Bailar como siempre, pero sentir aquellos ojos en su cuerpo, en sus nalgas, en su cintura. Abrazar a uno sintiendo el ardor de la mirada del otro, el deseo más intenso cuanto menos posible de realizar.
Jamás se mirarían de cerca, como lo hacían de lejos. Ni una insinuación, ni el más mínimo parpadeo. Como si nada, como si no se les incendiaran los ojos y el cuerpo en cada mirada.
Así estaba ella tejiendo sus quimeras, arrebolada y contenta, cuando esa noche en el baño del salón escuchó a tres mujeres desconocidas. Hablaban de él, del tipo de traje marrón.
Estaba intrigada y celosa, como si ellas tuvieran algo que era de su pertenencia.
_ ¿Qué tal baila?, quiso saber, metiéndose de pronto en la conversación.
_ Bastante bien, contestó una de ellas y la otra agregó:
_ Si querés bailar con él, no lo mires desde lejos, acercate hasta su mesa y hablale, porque es ciego.
Ella empalideció, sintió un sudor frío y las piernas flojas. Todo alrededor empezó a darle vueltas y justo un segundo antes del desmayo, escuchó que le decían: ¿ Pero no sabías?
Graciela H. López