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El convite, como paloma mensajera vuela el espacio, quiebra nubes de humo, desafía miradas y se posa en un corazón solitario.
La receptora se inquieta, un palpitar olvidado pone colores en su pálida piel de arena fina. Con gesto tenso acepta la invitación.
Es alto, moreno, de rostro gastado y andar seguro. En su chaleco negro y sus zapatos encharolados lleva el distintivo del milonguero.
Ella está dura pero su corazón galopa sudoroso en un caballo desbocado.
Veterano ganador, exquisito bailarín, mirada de águila, alma de marinero, de labia fácil y embriagadora la espera confiado al borde de la pista.
La toma como si fuera una flor. Ella se deshoja y sus pétalos depositan su aroma en la piel del desconocido. Hay fragancia a deseo y los pies vuelan como pisando el aire.
Los cuerpos se unen y la danza los desplaza por un puente de jazmines.
Una voz dulce y musical como campanas de catedral ponen inquietan sus oídos. Una mano caliente se apoya en su espalda desnuda y un olvidado olor masculino le acaricia él alma. En la charla del varón hay caricias y promesas. Es demasiado en tan pocos minutos pero ella necesita que el viento la despeine.
Se revuelca, se estruja, se resiste, conoce el verso, lo sufrió, lo sabe, pero necesita creer. El deseo la hace vulnerable.
Se aferra a la seducción del bailarín, no le importa si es un ladrón o un poeta, es el hombre que le devolvió su condición de mujer, es el flautista que le puso música a su soledad.
La Cumparsita marca el final de la velada y en su rostro ansioso la huella de los años se muestran como plantas marchitas.
Una dolorosa historia de amor pone dudas en su decisión, pero como una adolescente enamorada, acepta el último convite y se retira gozosa con el vendedor de ilusiones. |
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