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El rioba me alimentó
con su condición humilde.
Fueron carros con llantas
de hierro, transitando
sobre adoquines, que infantil
creí inamovibles.
Los árboles bordeando las veredas
fueron paraísos para tarzanes
copiados del cinema.
La luz anémica de una lamparita
iluminaba la puerta
de la carnicería.
Y un cilindro blanco y azul,
se atornillaba
en un continuo interminable
anunciando
la apertura de la peluquería.
La esquina, era academia
que preparaba para pasar al
“Café y Billares” prohibido para nuestra minoridad y no pertenecer
aún, a la barra de los muchachos grandes,los que chamuyaban de minas
de fútbol y otros saberes
que a nosotros, los “ pendejos”
nos abrían las orejas al asombro.
Ese rioba que me comió las eses
que fallan sin querer
en mis discursos cultos,
denunciando mi origen
Veredas que desparejas,
eran charcos para la bronca,
en los días de lluvia prolongada.
Una, o varias, vecinas chismosas.
El loco, infaltable, que erguía
su figura contrastada
para nuestra jodas
de borregos imparables
El rioba me formó,
y ni él ni yo nos encontramos
en este cambiado cruce de costumbres,
pero, cada vez que dubitativo
me detengo en mi escritura
reaparece aquella infancia
y escucho desde una vieja radio
un infaltable tango.
Y siento que soy todavía
parte de ese mi rioba
que perdura quién sabe en cuantos. |
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