|
||
Desparramada en el piso de cerámicos grises de la cocina, pasando suavemente la mano por la superficie, Elisa tantea a ciegas, buscando la lente de su ojo izquierdo. -Soy una tarada, siempre me pasa esto. Hoy salí a las apuradas y se me cayó. El hombre, cómodamente instalado en la mecedora la mira con esa expresión incrédula de personaje nuevo en la escena de ese ph tres ambientes del barrio de Barracas, en el sur de buenos Aires. -Vos dirás que estoy loca, pero nunca me sentí loca. -Por lo menos no internada…- deslizó suavemente el extraño de bigotes y anteojos que la había conectado en el chat hacía un par de días. -Qué decís? -Que tenés una cola hermosa… bueno, no te enojés, es lo que me sale- siguió el hombre mientras el vaivén de la mecedora le balanceaba el tinto que ella le había servido apenas entraron. -No, nunca llegué a estar internada, pero seguramente aún hay gente que puede pensar que estoy loca-, bromea ella. -Tuve tratamientos psicoanalíticos y terapias breves muy interesantes. Pero nunca me sentí loca, porque sabés, los locos no se sienten locos. Sí tuve conductas difíciles de aceptar para el resto de la gente, pero era una época muy diferente. Yo estoy varias veces separada y vuelta a casar, aunque siempre fui pobre, excepto en una época en que tuve un marido que tenía una buena posición económica. Pero, a vos te gusta el tango, no? -Con estos zapatones no puedo-, adujo él cuando ella le dijo que se descalzara y que bailara en medias. -A mi Pugliese me apasiona. -A mi Di Sarli, dijo él. Se deslizaron por el parquet del living con la solvencia de saberse unidos por el tango con esa sensación de buscarse en esa ficción amatoria de los dos cuerpos entrelazados por el dos por cuatro. Casi una petite mort. Sabemos que todos vamos a morir, pero inventamos el baile, el humor y la esperanza, elementos heroicos si los hay, con los que cuenta el ser humano. Por eso él se saca los zapatos y evita que ella lo pise con sus botas. Siempre esa urgencia apasionada en la búsqueda del cuerpo del otro. La trascendencia de la pasión. Y Darienzo, mucho Darienzo. Y el abrazo fue el de siempre. El intangible abrazo que tiene el tango. A ella, precisamente, una tanguera consumada. Y de Gricel. -Qué bueno- le dijo al oído. Y la hizo sentir bien, en su torpeza ciudadana. Y a manera, se sentía feliz. Lástima que no tenía algo de Di Sarli. Con ese hubiese demostrado más. Pero él ya no piensa. Nuevamente se hunde en la mecedora, en el sopor de la música, en el tinto ese que estaba tan rico, y que ya tomó varios, quizás de más. Ya desde un principio él la había sentido distinta. Excepcional, diría. Y lo confirmaba. Desde ese paseo por la avenida helada iluminada por la luna y el misterio, que sólo la Montes de Oca en esta Buenos aires impiadosa del mes de julio, puede dar. Pero que a ellos se les ocurrió fantástica, por eso de encontrar a otro, distinto, excepcional. Alguien con quien estar bien. Con quien estar a gusto. A regusto. Alguien que no perturbe, a quien no tengamos la necesidad de medir. Y era bueno descubrir a ese otro también encandilado con la poesía. Saber que los dos gustaban de Molinari. Y ella que le cuenta que lo conoció personalmente, con Borges incluido. -Hay cosas que te quedan para siempre. Momentos sublimes en que uno se sostiene en el aire, y siente algo así como un resplandor. Así contaba ella su encuentro con los escritores. Y fue así que bajó dos o tres Molinari de la biblioteca. Le marcó algunos para que los leyera. Un mundo angustiante, terminal, llenos de oscuridades. Negro. Y saber también que es una parte de la vida, de nosotros mismos. La angustia, la oscuridad y la muerte. Convivir con ellas, y transformarlas. Darle un poco de luz. Eso. Eso sentía. Sí. Era lo que él esperaba. Tan cálida. Tan discurrir, tan bien puesta en las mejores cosas de la vida. Que importaría el frío de afuera, si el se quedaría en la hoguera de adentro. Porque en su casa, con sus tangos, su sonrisa, sus ojos, su cuerpo desparramado en el piso de la cocina de vuelta buscando la lente extraviada. “Soy un desastre”, una frase tremendamente amorosa. Porque allí estaba la vida, latiendo, como toda ella. Exquisita. Una noche mágica. Lo gozado, lo vivido está allí, queda, un espacio, único, conjunción de todo lo que uno apetece de otro ser para acompañarse. Porque después de todo en la vida uno aprende a darse cuenta cuando alguien, un par, un igual te roza. Un rozarse. Un saber que hay otro tan simple como lo que uno ansía para vivir. Lleno de música, de libros, de ganas. Mirando a los ojos del otro. Sin máscaras. Sin poses. Mostrándose todo. Como ahora, que él abre los ojos y se enfrenta a ese otro rostro. A esa otra piel, profundamente surcada por arrugas, líneas y grietas, casi un mapa de un intenso sufrimiento. Un rostro crispado, con los ojos desorbitados incrustados en su propio rostro. -Ahora sí me vas a escuchar- dice ella desencajada, mientras termina por ajustar la cuerda en el espaldar de la mecedora. -Porque sí, porque recién te mentí. Yo no estoy bien. Porque te cuento, primero fue el diagnóstico aquí cerca en la Clínica Modelo, de la calle Montes de Oca: Eso me dijeron. Amnesia nominal, delirio polimorfo, alucinación auditiva. Ya no recuerdo tantos diagnósticos. Mientras estuve en los sanatorios privados todo era tranquilidad y silencio. Pero luego, ya sin plata, toqué fondo. Estaba permanentemente confusa y a la vez aunque no lo creas, una lucidez extrema. Finalmente, ya no tuve opciones. Me llevaron al Moyano. La primera noche fue un auténtico pavor. Su voz se vuelve entrecortada. Apenas balbuceos. Pero entre el sopor él trata de comprender, la sigue escuchando. Otra cosa , se da cuenta, ya no puede hacer. -Fue un lunes. No te imaginás la opresión la opresión que sentí. Y grité. Había muchas locas. Me pusieron el chaleco. Fue una noche monstruosa. Ya en el día, me doparon. Un nuevo médico atendió mi relato, confuso. Un lugar horrendo... Vinieron dos nuevos médicos. Me escucharon. Conté y relaté todo lo sucedido, entrecortadamente. Si supieras la extraordinaria fuerza de voluntad que hice para sobrevivir. Todo era muy hostil, como ahora. Que sos vos el que me mentís.El que me promete un mundo que no existe. Siempre me mienten, o casi siempre. Como vos. Pero se equivocan. Te equivocás. Las locas somos realmente extraordinarias, decimos cosas que a veces, no sé qué pensar, digo, son tan reales... Sino mirá como te tengo a vos, sin la posibilidad de contestarme, atado, bien atado a tu linda y cómoda mecedora, mirándome con esa cara estúpida. Y no sabés lo que te espera… Rául Barrozo |
||
|
||
Volver al menú
|
||
4771-8827 - info@milonguitabaile.com.ar - La Milonguita © 2006 - Todos los derechos reservados |
||