Ella dijo: “Música Maestro”

 

 

Ocurrió en Buenos Aires. En aquel rincón luego del puente. Dentro del baile vi un hombre de gesto serio, flaco y de estatura mediana caminando hacia algún lugar. En dirección contraria la mujer de vestido blanco avanzaba despacio. Casi imperceptiblemente cruzaron la pista. Él la abrazó, ella lo abrazó. Ella lo olió, él la olió. La mano derecha de él la sujetaba de la cintura, mientras la izquierda tomaba con cuidado la mano de uñas rojas. Él caminó unos pasos. Se detuvo y siguió avanzando. Ella giraba sin pensar. Cerraron los ojos, eran un solo cuerpo, quizá los personajes de Bahía blanca que inspiraron a Di Sarli.

Me sentí vivo en esa noche, noche que no volverá y que debo contarla aunque sea difícil. Sentí  sus respiraciones y sus pasos. Tuve sed, donde estaría la moza. Las luces se apagaron y ellos eran una luna. Leí en los labios de él “Nunca te vayas, solo hazlo por amor”, ella acarició su mejilla. Temblaban. Temblé. La vida de esa pareja, en esa pista repleta, transcurría sin nadie más que ellos dos, los demás eran sombras que con la luz, cada vez más brillante, de la luna iban desapareciendo. Deseé aplaudir, gritar, estar en el lugar del hombre serio. Él deslizó su pie derecho en la pierna derecha de ella que lo abrazó con su pierna izquierda. Sentía sed y la moza aún no llegaba. Él, inmutable, la desengancho sutilmente y siguió llevándola con su torso hacía ningún lugar. Ya quietos sus cuerpos seguían en movimiento, él nadaba en el mar de ella y en el fondo salado se hundían sus almas juntas. Ahora ella lo guiaba. El silencio era total. Él inspiró, ella cayó en su pecho. Él exhaló, el pelo de ella voló. Danzaban frente a frente, nariz con nariz. No eran milongueros. Él la acariciaba, callaba, se abría, apoyaba el oído en su rostro. Lloramos todos, lloró el matrimonio Roca. Nuestros pañuelos no volverían a ser lavados. Algunos tomaron como pañuelos a los manteles verde manzana pues no estaba la moza para retarnos. Terminó la música  y el hombre serio ahora era el disk jockey. Mi corazón latió aún más fuerte cuando la vi pasar cerca mío - …querrá bailar conmigo… creo que notó que los vi…- pensé. Casi me disculpo diciendo que estaba escribiendo cuando escuché, desde sus labios que dibujaban una sonrisa “¿Le sirvo algo señor?”

Willy González (edición: Julieta Ruano)

 
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   
   

 

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