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Los compases te saludan:
bienvenida al bulevar.
Te acomodás el vestido,
oro y rojo que revela
tu pechera de cristal.
Los tacos altos de seda,
la cintura de tu pie,
pisan el ritmo en la mesa
con ansiedad de vedette.
La pista se está llenando,
el cabeceo anhelás
del guapo que está fingiendo
que bailar no le interesa,
que el tiempo le sobra entero
y a la noche la emborracha
con gestos de indiferencia
al compás del vino tinto
que hace danzar en la copa
un ritmo de dos por cuatro.
El guapo no te responde,
pero en la mesa de al lado,
un flaco te encuentra el ojo
y al rodeo te traslada.
Te abrazás al compañero,
los ojos mejor cerrados,
para que te llene el cuerpo
la magia hermosa del tango.
No baila tan mal el flaco,
ni tampoco pierde el ritmo,
perdés memoria del guapo
y te enamora el fulano.
La tanda casi termina,
querés que no llegue nunca
la cortina del final
del encantador abrazo.
Pero en medio de un voleo,
por exceso de pasión,
el taco se te amotina:
se parte de pronto en dos.
El flaco no se amilana:
te levanta en vuelo suave,
como a muñeca de seda,
te apoya sobre la silla
y te invita con café.
La velada no se pierde:
tacón roto se agradece,
esta noche no más tandas,
pero hay promesa de amores,
que a la luz de los abrazos,
entre giros y quebradas,
se despereza latente
y a los bailarines llama.
Anna Szabó |
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