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Los Domingos, cuando voy a La Milonguita, hago el recorrido de siempre, F. Alcorta, Dorrego... y al doblar antes de Cabildo, para luego cruzarla en Dumont, me sucede algo extrañísimo.
El primer síntoma es un escalofrío que me recorre la columna vertebral desde la nuca, lentamente hasta el mismísimo sacro (siempre me pregunté, que paradoja que siendo sacro se encuentre en esa zona, no?), luego un ligero temblor en el cuerpo y de pronto cuando me detengo en el semáforo de Dumont y Cabildo, se produce un silencio estremecedor, no se escuchan los autos, la calle parece apagarse, Pugliese deja de sonar en mi auto y yo detenido ante esas dos flechas del semáforo e inmerso en un ensordecedor silencio, siento siempre la misma opresiva necesidad de elegir, a la derecha o a la izquierda? Claro, por convicciones ideológicas nunca se me ocurriría ir hacia la derecha, pero siempre que estoy detenido en esa esquina siento la intriga de saber que encontraré si doblo a la derecha? Pero no hay mucho tiempo para decidir, el verde llega inexorablemente y mientras pongo el giro hacia la izquierda y comienzo a cruzar Cabildo, torno mi cabeza hacia la derecha y trato de ver que hay más allá, lo único que percibo es que hay otro camino, simplemente otro camino que, seguramente lleva a otras bifurcaciones, todo esto en fracciones de segundo mientras voy doblando hacia la izquierda en medio del implacable silencio…Antes de darme tiempo a otros pensamientos ya estoy sobre la bocacalle de Concepción Arenal, sin dudar doblo a la derecha, entonces, al silencio se le agrega otro fenómeno sensorial, todo lo que se mueve se detiene, autos, peatones, las hojas de los árboles, todo! y todos los colores primero se “apastelan” (se entiende?) y luego se van apagando, hasta no distinguirse unos de otros. Entonces cuando estoy llegando a mitad de cuadra, una fuerza irresistible me hace girar la mirada hacia la derecha y allí veo con claridad los únicos colores que permanecen tal cual son, están pintados sobre una puerta de entrada a un edificio de departamentos, es una puerta que parece haber enloquecido, salpicada de diferentes colores y con un picaporte enorme e inclinado (sí ya sé que suena inverosímil, pero existe, al menos yo la veo), es en ese momento cuando aparece el fantasma y mi auto se detiene junto con el resto de signos vitales de la ciudad, el fantasma emerge en el palier, parece surgir desde las entrañas de la tierra, tiene fisonomía de mujer, de mujer rubia, parece correr con pequeños saltitos, pero en realidad apenas roza el piso y sonriendo va hacia la puerta, a la vez que yo voy bajando del auto, sin saber bien porqué, guiado por un deseo ineludible, voy a su encuentro, nuestras miradas se encuentran, ella abre la puerta con su mano izquierda y estira su brazo derecho ofreciéndome su otra mano, estoy a punto de tocar sus dedos, puedo sentir su calor… y de pronto, como en una película que comienza a rodar en sentido inverso, el fantasma aleja su mano, cierra lentamente la puerta y comienza a desandar el camino, sin dejar de mirarme, pero perdiendo segundo a segundo su nitidez, hasta desaparecer. Entonces mis dedos tocan apenas la puerta, siento su fría y áspera textura y la ciudad parece explotar. Pero no, no hay tal explosión, es que todo vuelve a ser como era apenas unos minutos atrás, vuelve el bullicio, las hojas se mueven y vuelven a ser verdes, yo vuelvo a tener control sobre mí, todo en un mismo instante. Lentamente giro, camino hacia mi auto, subo, lo pongo en marcha (no recuerdo haberlo detenido), miro una vez más hacia esa “loca” puerta, muevo la cabeza hacia uno y otro lado, como negando lo que había sucedido, sonrío, pongo en movimiento el auto y voy pensando… que cosas extrañas suceden en Buenos Aires. Esto se repite cada Domingo, y cada Domingo me pregunto cuando llego a Dumont y Cabildo, hacia donde debo girar?
Orlando Parrota
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