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El chino caminaba cadencioso, como pidiendo permiso. En sus callos plantales quedaron las huellas de muchos kilómetros bailados. En la cara, un par de costurones le daban patente de guapo. Sus títulos estaban vencidos, la milonga era un recuerdo y su historia se desvanecía en su oxidado cuchillo. La daga, apoyada en su riñón izquierdo, “para sacar con rapidez” era parte de su indumentaria. Con lengue, sombrero gardeliano y mirada de halcón, paseaba su deteriorada estampa por las calles de San Telmo.
Vivía con su última conquista, una alemana radicada en Buenos Aires.
La conoció en un boliche de la calle Cochabamba, cerca del bajo. La teutona, venía con la película de los guapos tangueros. Y él, estaba allí, con sus cicatrices, con su andar, con su mirada achinada.
No le costó mucho. Al poco tiempo, compartían una pieza con balcón en un convoy de la zona.
A la alemana, tampoco le costó mucho avivarse. Su guapo era de cartón y su milonguero se deshacía entre juanetes y dolores de cintura.
Se pusieron de acuerdo en casi todo, digo casi, porque en lo único que no transó El Chino fue en el laburo. Ella se la rebuscaba con un corretaje, él hacía las compras.
Esa noche fatal, la alemana venía retrasada. El Chino estaba inquieto. Ya había desensillado. El lengue y el funyi colgaban de un par de clavos, lo único que permanecía firme en su lugar era un facón.
Se asomó al balcón y la vio llegar. Ella bajaba de un “tacho” que seguía ocupado. Le explicó como pudo… El Chino se puso loco. En el marote se le cruzaron los recuerdos y “peló”. Con la rapidez que le dio la práctica, se encontró con el cuchillo listo en su mano. La alemana temblaba.
El chino se contuvo, se dio vuelta y se mandó a la cocina. Y con la destreza del gato Dumas se puso a pelar papas. |
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